Goya, a sus 91 años, aún recuerda las pesadas planchas de hierro con las que ella y sus compañeras alisaron las cortinas del futbolista Alfredo Di Stéfano y las camisas del médico Gregorio Marañón. Durante años, se dedicó al ahora extinto oficio de planchadora. Se trataba de una labor físicamente exigente y muy minuciosa, que mujeres como ella pusieron al servicio de algunas de las principales personalidades del Madrid de mediados del siglo XX, en plena dictadura franquista.
Su primer acercamiento a la profesión se dio de forma inesperada. En principio, había sido contratada como asistenta, pero la señora de la casa en la que trabajaba que le propuso, en su lugar, aprender el oficio de planchadora.
Con solo veinte años, Goya comenzó a trabajar en un taller situado en el número 4 de la calle Marqués de Villamagna (en el barrio de Salamanca, justo al lado del paseo de la Castellana). Era «una habitación grande, donde estaban cuatro trabajadoras planchando, y la jefa», recuerda. Allí, Goya estaba interna; dormía y hacía su vida en el mismo taller donde trabajaba durante el día.
Un oficio exigente por el que se pagaban solo 150 pesetas al mes
Los días de Goya comenzaban encendiendo un gran hornillo, llamado el «infiernillo». En aquella época, en la que aún no disponían de planchas eléctricas, las trabajadoras calentaban las planchas de hierro macizo sobre el fuego. La ropa se trataba con almidón para dotarla de rigidez y estructura, de modo que las planchas de metal se ensuciaban por el uso continuo. Una vez se enfriaban, las empleadas debían lavarlas cuidadosamente antes de volver a ponerlas a calentar, describe la mujer.
Con pequeñas tenacillas calientes, las planchadoras «encañonaban» la ropa, es decir, que creaban pliegues cilindrícos (llamados «rizos») en las telas. El oficio también implicaba sacar el brillo adecuado a las prendas, labor que exigía un gran esfuerzo físico, ya que las mujeres debían presionar los pesados hierros contra las tablas con mucha fuerza.
Si el propio oficio era, de por sí, exigente, los horarios no lo eran menos. La jornada laboral de Goya y sus compañeras se extendía desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde. Por esta labor técnica y agotadora, su salario mensual rondaba las 150 pesetas (0,90 € actuales, sin ajustar por inflación).
Camisas para aristócratas y cortinas para futbolistas
Por las mesas de aquel taller del barrio de Salamanca pasaba la ropa de buena parte de la alta sociedad del régimen, incluidos marqueses y condes. Goya recuerda que entre los encargos figuraban también los vestidos de «las nietas del caudillo», las camisas de Gregorio Marañón, así como las de toreros y rejoneadores (como los hermanos Peralta), o las cortinas del legendario futbolista Di Stéfano.
Con el paso de los años, Goya dejó finalmente el taller de planchado para hacerse cargo de una portería. Sin embargo, nunca ha perdido la destreza que adquirió con las planchas. Ahora, cumplidos ya los noventa y un años, cuenta que cuando su cuñada le sugiere que deje que alguna mujer más joven planche su ropa, ella se sorprende: «¿Cómo me van a planchar a mí?». La posibilidad aún le resulta impensable: «Puedo enseñar yo a que planchen, pero a mí no me van a planchar».