A finales del siglo XIX, la élite cultural y aristocrática de la capital compartía mesa de café con un invitado inusual. No llevaba sombrero de copa ni título nobiliario. Su pasaporte a las altas esferas era un desparpajo absoluto. Mucho antes del fenómeno digital, las calles madrileñas coronaron a su primer creador de tendencias con cuatro patas: el perro Paco.
De los cafés de tertulia a la arena taurina
Todo empezó cuando este animal vagabundeaba por la calle Alcalá. El marqués de Bogaraya se topó con él y lo bautizó como Paco. Gracias a su carisma, logró acceder a los círculos exclusivos del momento. Frecuentaba a diario los salones del histórico Café de Fornos y del restaurante Lhardy, donde se sentaba junto a toreros, escritores y nobles.
Su verdadera afición era la tauromaquia. Cada tarde de festejo, el can subía junto a los aficionados por la calle Alcalá rumbo a la antigua Plaza de Toros, situada donde hoy se levanta el Palacio de los Deportes. Tenía un lugar predilecto junto al tendido 9. Al terminar la corrida, bajaba al ruedo a hacer un poco el gamba, divirtiendo a los asistentes con sus cabriolas en la arena.
Una estocada fatal y su huella literaria
El desenlace de su relato ocurrió el 21 de junio de 1882. Durante una novillada, saltó al ruedo como de costumbre. El novillero Pepe «el de los Galápagos», molesto por la interrupción de su faena, le asestó una estocada letal con la espada. Las gradas estallaron de indignación y la multitud intentó linchar al torero allí mismo. Falleció tiempo después debido a la gravedad de las heridas. Su recuerdo caló tan hondo que originó el dicho «sabes más que el perro Paco», una frase castiza que ha sobrevivido al paso de las décadas.
Para inmortalizar esta anécdota, el escultor Rodrigo Romero creó un monumento a tamaño real en 2023. Esta figura de bronce descansa sobre el pavimento de la calle Huertas. Quienes transitan por el Barrio de las Letras pueden cruzarse de nuevo con la silueta de aquel vagabundo empedernido que enamoró a toda una época.