La extensa carta numerada que durante décadas ha caracterizado a la restauración asiática en el país no nació como una estrategia comercial. Nació como una solución de supervivencia frente a la barrera del idioma.
El fundador del primer restaurante chino de España fue el abuelo de la empresaria Eva Chen e implementó la popular «carta de los 100 platos» para que los empleados recién llegados, que empezaban a trabajar desde el primer día sin hablar español, pudieran atender las mesas sin necesidad de conversar con los comensales.
El sistema consistía en ofrecer todas las combinaciones posibles de ingredientes para evitar que el cliente tuviera que dar explicaciones. Si un comensal quería un arroz sin gambas pero con ternera, esa combinación ya existía bajo un número específico, como el 87. El cliente solo tenía que dictar la cifra, obligando a los trabajadores a memorizar el menú por completo.
Eva Chen, la nieta del fundador recuerda a Madrid Secreto cómo, durante su infancia, su madre le hacía exámenes en casa para comprobar si se sabía de memoria qué plato correspondía a números como el 64.
Un modelo de apoyo comunitario
En sus inicios, este primer local apostó por una estética tradicional muy marcada, caracterizada por interiores predominantemente rojos, motivos de dragones y leones de piedra flanqueando la entrada. A medida que el negocio avanzaba, el restaurante se convirtió en un punto de encuentro y formación para la comunidad.
Cuando los empleados de este primer establecimiento reunían los recursos para abrir sus propios negocios, el fundador les facilitaba el camino compartiendo su lista de proveedores y entregándoles copias de la misma carta numerada. Esta red de solidaridad laboral provocó que decenas de restaurantes independientes abrieran con menús y nombres idénticos, como Gran Muralla, generando la percepción pública de que pertenecían a un macroimperio empresarial o a una gran franquicia, cuando en realidad eran familias independientes ayudándose entre sí.