Sobre un promontorio junto al embalse de Linares del Arroyo se alza Maderuelo, con uno de los perfiles medievales mejor conservados de la provincia de Segovia. Al llegar, lo primero que llama capta la mirada es la silueta compacta de murallas y casas de piedra abrazando el cerro, un enclave que durante la Edad Media fue esencial en la repoblación castellana y frontera defensiva ante los reinos musulmanes. Sus calles empedradas y monumentos resumen siglos de historia: desde la Puerta de la Villa y el castillo —restos de su poderosa arquitectura defensiva— hasta la iglesia románica de San Miguel o la iglesia de Santa María del Castillo, que rematan el trazado irregular del pueblo.
Pero si hay una joya que hace único a Maderuelo es la Ermita de la Vera Cruz, conocida como la “capilla Sixtina románica” por los impresionantes frescos del siglo XII que recubrieron sus muros. Esta pequeña ermita, ligada a la Orden del Temple, acogía una reliquia del Lignum Crucis y fue decorada con un ciclo mural excepcional, con representaciones de ángeles, el Pantocrátor, la Creación, apóstoles y escenas de la vida de Cristo.

Su valor era tal que en 1947, ante la amenaza de las aguas tras la construcción del embalse, los frescos fueron trasladados al Museo del Prado, donde pueden admirarse hoy. En la ermita, sin embargo, queda una réplica detallada y el aura de misterio y arte que emanan sus piedras.
Maderuelo: mucho más que una villa medieval

El entorno embellece aún más la experiencia: el embalse de Linares del Arroyo, con sus más de 470 hectáreas de agua, rodea parcialmente al pueblo y ofrece rutas de senderismo fáciles (como la señalizada PR-SG 10 de 10km), actividades náuticas y espectaculares vistas de naturaleza y arquitectura fusionadas. El embalse, construido a mediados del siglo XX, inunda parte de las antiguas tierras y alberga bajo sus aguas restos del pueblo de Linares del Arroyo, de cuya iglesia emergen todavía la espadaña y el ábside cuando baja el nivel.
Más allá de su emblemática ermita, Maderuelo también cuenta con joyas como la plaza de San Miguel, las callejuelas medievales, puentes —uno de ellos romano-medieval y sumergido parte del año— y acceso directo a las Hoces del Río Riaza, un parque natural de gran valor faunístico. Su escaso centenar de habitantes custodia una vida rural tranquila, pero culturalmente muy rica.