Es tentador imaginárselo como una escena de Alta Fidelidad (Stephen Frears, 2000), con conversaciones cruzadas entre clientes y dependientes sobre cine y vida. Pero en Arfe, el último videoclub abierto de Madrid, ya no hay tanto tiempo para charlas: el mostrador recibe a diario decenas de personas, aunque la mayoría vienen a por impresiones, carretes o paquetes. Entre medias, todavía hay quien se lleva un DVD bajo el brazo. Y eso, para Nacho Álvarez Arias, es suficiente para seguir.
Más que un videoclub

A mediados de 2024, el cierre de Ficciones en Lavapiés alimentó titulares que daban por enterrado el formato en la capital. Pero en la calle Fermín Caballero, en el barrio del Pilar, sigue abierta la persiana de este negocio familiar fundado en 1977, que empezó como tienda de fotografía y artículos electrónicos. “El videoclub siempre fue una parte accesoria”, dice Nacho en llamada telefónica a Madrid Secreto. “Tardó en despegar, luego fue lo más importante durante años, y ahora ha vuelto a ser una parte más de lo que hacemos”.
El cambio no ha sido solo para adaptarse al streaming. Hoy Arfe combina el alquiler de películas con revelado fotográfico, venta de cartuchos de impresora, fotocopias y servicio de paquetería. Una fórmula que les ha permitido sobrevivir donde otros cerraron. “Nunca fuimos solo videoclub”, recuerda.
Lo que el streaming no da

Nacho no presume de tener joyas ocultas que arrastren peregrinaciones cinéfilas. La ventaja está en títulos que las plataformas no ofrecen o que resultan más baratos en alquiler físico. Y también, aunque menos que antes, en la recomendación personalizada. “Ahora la gente que viene sabe lo que quiere, buscan cosas que no están en streaming o que allí son más caras”, dice.
El suspense sigue siendo el género más alquilado, junto a las películas de animación para niños. Entre las recomendaciones personales, Nacho cita Flipped (2010, Rob Reiner), “poco conocida y que gusta a todo el mundo”, y una cinta francesa llamada Un feliz acontecimiento, en la que una pareja se enamora en un videoclub.
La época dorada quedó archivada entre 2000 y 2008, cuando los sábados había colas para llevarse tres películas. Hoy, el flujo es más modesto —entre diez y quince alquileres diarios de media—, pero constante. Y mientras haya clientes, Arfe seguirá resistiendo, aunque el resto de la ciudad crea que la historia de los videoclubs ya ha llegado a su final.