Brach Madrid retoma este septiembre su brunch dominical con un objetivo y solo uno: que Madrid deje de pensar en él como un brunch de hotel y empiece a verlo como un plan para locales, con nombre y apellidos (y más de 60 sabrosos platos entre fríos, calientes, dulces y salados). Por eso no hace falta alojarse para sentarse a su mesa, solo reservar con antelación porque el hype es real.
Cada domingo, de 12:30 a 16:00 horas, el restaurante despliega un buffet inspirado en el mítico brunch de su hermano Brach Paris, con pastelería elaborada en el obrador propio del hotel, la firma del chef Adam Bentalha, zumos recién exprimidos, matcha y hasta bebidas con suplemento de colágeno.
Adam Bentalha la firma detrás de la propuesta gastronómica del buffet

En la cocina manda Adam Bentalha, chef argelino formado en casas parisinas como el Ritz o el Shangri-La, que fue el primer Chef Ejecutivo de Brach París antes de encargarse también de Brach Madrid. Su trayectoria dentro del grupo Evok le ha valido el ascenso reciente a Chef Ejecutivo de todas sus direcciones gastronómicas, entre Francia, España e Italia. En el buffet, esa firma se traduce en crudités, pescados delicados, carnes melosas y especias de raíz mediterránea con toques levantinos.
El remate dulce lo pone Brach La Pâtisserie, el obrador propio del hotel, con croissants, éclairs, flanes y chocolates y también con zumos recién exprimidos, café, té matcha (nunca habíamos visto esta bebida en un brunch español) y opciones con colágeno completan la mesa.
Un edificio que ya era una anécdota antes de tener nombre

Antes de que existiera el Brach actual, en ese mismo solar de Gran Vía se levantaba el palacio de Masserano. Allí vivió de niño, entre 1811 y 1812, el escritor francés Victor Hugo, instalado en Madrid porque su padre servía como oficial del ejército napoleónico durante el reinado de José Bonaparte.
El mismo palacio se convirtió después en La Fonda de Genieys, uno de los primeros locales de España en servir cocina francesa, frecuentado por escritores como Larra o Espronceda. Que hoy este mismo suelo vuelva a oler a croissant y a repostería francesa no es irónico, sino una especie de guiño histórico que el hotel ha sabido aprovechar.
El edificio que hoy ocupa el hotel se construyó entre 1919 y 1922, ya con la Gran Vía abierta (precisamente el palacio de Masserano tuvo que derruirse para permitir el trazado actual de la calle) y entre 1939 y 1990 fue sede del estudio del clan de fotógrafos Alfonso, cuyas cámaras dejaron algunos de los retratos más relevantes de intelectuales y artistas de la época como la fotografía de Antonio Machado en un café de Salesas o muchos de los retratos de Sorolla en su casa.
La cocina francesa que hereda del solar de La Fonda de Genieys tiene, además, un origen muy concreto a día de hoy: la del brunch de Brach Paris, el hotel original del grupo Evok, abierto en 2018 en pleno distrito XVI parisino y convertido rápidamente en uno de los brunchs más replicados de la ciudad. Brach Madrid no inventa el formato, lo trae directamente desde París.
El arquitecto Philippe Starck, o cómo convertir un hotel en un decorado de los años veinte

Sobre esa base histórica trabajó Philippe Starck, el mismo diseñador que en 1982 reformó los interiores del Palacio del Elíseo, la residencia oficial de los presidentes de Francia, por encargo de François Mitterrand. Su firma ha pasado también por sillas ya icónicas como la Ghost, esa silla de poliuretano con forma clásica que nadie puede olvidar, o por el exprimidor Juicy Salif de Alessi (el archiconocido exprimidor metálico que es una mezcla de araña y … ¿cohete?) y por hoteles como el Royalton y el Paramount en Nueva York.
Si aquel encargo presidencial lo convirtió en el diseñador más influyente de Francia, en Brach Madrid Starck ha querido recrear una sensación parecida de solemnidad, pero con otro punto de partida, más atrás en el tiempo. El propio Starck ha descrito el proyecto como «un ejercicio de nostalgia moderna que nunca mira hacia atrás», construido para parecer un lugar elegante que siempre había existido, con espejos inclinados pensados para ver y ser visto.
El resultado son paredes de caoba, techos de cuero trenzado y columnas revestidas de azulejo de terracota vidriada, una sala que homenajea los grandes cafés del Madrid de los años veinte y treinta y que convierte el brunch en una experiencia tan visual como gastronómica.