Durante décadas, la piscina Stella fue un sueño difícil de alcanzar para la mayoría de madrileños que vivían al margen de las celebridades que se bañaban en la piscina de este club, de sus exclusivas noches de verano y una leyenda que todavía sobrevive entre los vecinos de Arturo Soria. Ahora, el antiguo complejo afronta una transformación total. La histórica piscina de líneas racionalistas y evocación marinera desaparecerá para dejar paso a un colegio católico con capacidad para alrededor de 1.000 alumnos, cuya apertura está prevista para el inicio del curso 2028-2029.
El solar, de 8.400 metros cuadrados y situado al final de Arturo Soria, fue adquirido en diciembre de 2025 por la congregación francesa Unión Cristiana de San Chaumond. El proyecto conservará el edificio principal y los jardines protegidos, pero modificará por completo el espacio que ocupaba la piscina.
La piscina que marcó una época

El Club Stella nació en 1947, en una parcela elevada junto a la actual M-30. Su diseño racionalista, con largas líneas horizontales, terrazas, zonas de solárium y una gran piscina, lo convirtió en uno de los símbolos del ocio moderno en el Madrid de posguerra.
La piscina no tardó en ganar fama. En los años cincuenta y sesenta fue punto de encuentro para la alta sociedad, artistas, turistas y curiosos que buscaban un verano distinto al de las piscinas municipales o los viajes a la costa. El club se convirtió en un lugar de moda, asociado a la vida nocturna y a una imagen más abierta de la ciudad.
Entre las historias que se han contado durante décadas de este lugar figura la de Ava Gardner, una de las grandes estrellas de Hollywood que vivió en Madrid entre 1953 y 1961. La actriz frecuentó ambientes nocturnos y espacios de ocio de la capital en aquellos años, y su nombre quedó ligado a la leyenda del destape de la Stella, uno de los episodios que alimentaron el mito del lugar.
Un edificio protegido, una piscina sin protección
El Club Stella cerró sus puertas en 2006 y permaneció abandonado durante casi dos décadas. A pesar de ese largo periodo de deterioro, el edificio principal conserva protección urbanística de nivel 3, de carácter parcial o ambiental, mientras que los jardines cuentan con un nivel 2 de protección estructural o volumétrica.
Esto obliga al nuevo proyecto a preservar la envolvente exterior del edificio y el carácter del jardín. El futuro colegio aprovechará el antiguo volumen para instalar parte de las aulas, la biblioteca, los despachos de administración y dirección, además del comedor.
La piscina, sin embargo, no cuenta con la misma protección patrimonial. Por eso su desaparición es inevitable dentro del plan actual. El vaso será demolido y sustituido por nuevas construcciones, aunque el proyecto plantea conservar su huella: una parte de la antigua playa y del vaciado de la piscina se convertirá en un patio que proporcionará luz y ventilación a varias aulas.
La institución prevé que las alumnas cursen allí Infantil y Primaria antes de trasladarse después a su sede de la calle Rodríguez Marín. Los alumnos, en cambio, realizarán en el nuevo colegio prácticamente toda su escolaridad, excepto los dos últimos cursos, que también se impartirán en Rodríguez Marín.
El proyecto lleva aproximadamente un año de trabajo y las obras tendrán una duración mínima de dos años. La congregación ya ha solicitado la licencia de edificación, aunque la intervención depende todavía del informe de la Comisión para la Protección del Patrimonio Histórico-Artístico y Natural de la Ciudad de Madrid, al afectar a un edificio y un jardín protegidos.
La respuesta de la Comisión de Patrimonio se espera durante septiembre. Si el calendario avanza según lo previsto, el colegio abrirá al inicio del curso escolar de 2028.