Un pequeño reptil esculpido en piedra descansa discretamente sobre una sepultura del Cementerio Sacramental de San Isidro. Se trata de un elemento decorativo característico de las denominadas tumbas de tipo rústico, un diseño de inspiración plenamente romántica que buscaba imitar la estética de los enterramientos realizados en los cruces de caminos o en pequeñas aldeas. Estas sepulturas, adornadas con cruces labradas para aparentar troncos de madera y rodeadas de florecillas silvestres, evocan los paisajes que cautivaron a los literatos del romanticismo.
A escasos metros, una segunda sepultura de estilo similar alberga otra lagartija tallada, aunque en este caso decapitada, evidenciando los estragos del tiempo o de los conflictos bélicos en el recinto monumental.
Supervivientes de bronce tras el frente de guerra
Más allá de los detalles en la piedra, el camposanto madrileño destaca por las ausencias y presencias en sus mausoleos. Una imponente figura de un ángel se alza sobre una de las cúpulas, siendo una de las poquísimas piezas originales de bronce que aún se conservan en este espacio. Durante la Guerra Civil, el cementerio quedó situado en un frente abierto, lo que resultó en la pérdida de gran parte del patrimonio monumental metálico. Las esculturas y ornamentos fueron retirados y enviados a fundición para ser transformados en utilería y armamento militar.
La confirmación de que este ángel superó la contienda sin ser fundido se debe a la estricta documentación de la época. La inauguración de estos imponentes panteones no era un asunto menor, sino que constituía un auténtico evento social ampliamente cubierto por la prensa. Gracias a las fotografías publicadas en los periódicos históricos, se ha podido verificar que la figura actual es, efectivamente, la escultura original erigida hace más de un siglo.
Pirámides, naufragios y la arquitectura de la capital
El ángel de bronce no se encuentra aislado, sino que dialoga visualmente con otros monumentos singulares. Justo a su lado, una tumba en forma de pirámide refleja la fuerte moda de principios del siglo XX por establecer conexiones estilísticas con la arquitectura del Antiguo Egipto, una corriente estética que dejó su huella en la ciudad.
Completando este particular conjunto arquitectónico, se levanta frente a la pirámide el panteón perteneciente a una de las escasas supervivientes españolas de la tragedia del Titanic. El valor patrimonial de esta estructura mortuoria adquiere otra dimensión al conocer a su creador: el arquitecto Eduardo de Adaro. Este profesional no solo diseñó el descanso eterno de la superviviente del naufragio, sino que fue el encargado de proyectar y construir una de las sedes institucionales más importantes de la capital, el emblemático edificio del Banco de España.