A 40 minutos en coche de Madrid, en una de las plazas más bonitas de España, se esconde un hotel con mucha historia. El Parador de Chinchón ocupa el antiguo monasterio de Nuestra Señora del Paraíso, fundado en el siglo XV por los primeros señores de la villa, Andrés de Cabrera y Beatriz de Bobadilla, muy próximos a los Reyes Católicos. Tras siglos de historia convulsa, entre los que ha sufrido abandonos, usos como centro de formación humanista e incluso como juzgado y cárcel tras la desamortización de 1842, el convento agustino renació en 1982 convertido en hotel, pero conservando su alma monástica: muros de ladrillo castellano con toques mudéjares, viejas celdas transformadas en habitaciones y un claustro barroco que hoy luce completamente acristalado.
El edificio también conserva la escalera original, la antigua iglesia, reconvertida en una suite, y el claustro, ahora cerrado por cristaleras que permiten disfrutar de una exclusiva colección de arte religioso del siglo XVIII al abrigo del frío o del calor. Entre sus huespedes más notorios está el archiduque Carlos de Austria, aspirante al trono español y futuro emperador del Sacro Imperio, que se alojó aquí durante la Guerra de Sucesión. Hoy, esos mismos espacios que pisaron nobles, frailes y reyes son pasillos silenciosos, salones de lectura y habitaciones abovedadas que ofrecen una mezcla muy particular de lujo tranquilo y autenticidad histórica.
El claustro acristalado, la joya del parador

El corazón del parador es su claustro acristalado, que forma un cuadrado perfecto de arcadas de ladrillo y madera que envuelve un patio interior y que se ha cerrado con vidrio para poder usarse todo el año sin perder la sensación de estar al aire libre.
Bajo esa luz filtrada se exponen piezas de arte sacro, tallas y lienzos que recuerdan el pasado conventual del edificio, mientras mesas, butacas y rincones de lectura lo convierten en una especie de salón monumental donde tomar un café, desayunar o simplemente sentarse a no hacer nada.
Jardines, huerta y piscina en los antiguos establos
Más allá del interior, el antiguo monasterio mantiene una huerta conventual que hoy es un jardín enorme lleno de nísperos, frutales y sombras, ideal para pasear descalzo sobre la hierba o leer a la hora de la siesta. En uno de los extremos se abre una piscina exterior instalada donde estuvieron los establos del convento, rodeada de césped y de muros antiguos, que en verano se convierte en uno de los grandes atractivos del parador: un baño con vistas a campanarios, tejados y al cielo limpio del sur de Madrid.
Las habitaciones, muchas de ellas fruto de la reconversión de las antiguas celdas, combinan techos altos, suelos de barro y muebles clásicos con todas las comodidades actuales, mientras que la oferta gastronómica despliega cocina tradicional madrileña y castellana: cordero, cochinillo, sopas, asados y, por supuesto, productos de la vega de Chinchón y su famoso anís.