Un día dices algo gracioso, alguien se ríe, te mira a los ojos y dice: «deberías hacer monólogos cómicos». Y tú, por un momento, estás de acuerdo: te visualizas de pie sobre el escenario, micro en mano, encadenando chistes desternillantes mientras la gente se ríe a carcajadas y suplica que le des una tregua para coger aire.
Bueno, ¿y si lo hicieras? Pero de verdad. ¿Cómo se escribe un chiste buenísimo? ¿Cómo se hace reír a una sala llena de gente? ¡¿Qué pasa si nadie se ríe?! Yo me apunté al curso básico de stand-up de la Escuela de las Artes de la Comedia para descubrirlo. La comedia no es tan fácil como parece, pero escribir e interpretar un monólogo es muy, muy divertido.
Un monólogo cómico escrito e interpretado por ti

«Se parece más a pasar una auditoría que a echar un polvo». Eso nos dijo Jaime Bartolomé, profesor y cómico, a las alumnas y alumnos aprendices de stand-up comedy el primer día de clase. A ver, a todos los que estábamos allí alguien nos había dicho que éramos divertidísimos, que teníamos que compartir nuestra gracia con el mundo, pero ninguno tenía ni idea de por dónde empezar (y si creía tenerla: ¡ja!). Lo que quería decirnos Jaime es que la comedia necesita más tiempo que ingenio, algo que comprobé en cuanto me puse a (intentar) escribir.
Junto a Jaime y Edu Ruiz (el otro profesor, también cómico e igual de sabio y loco que él), nos pusimos el reto de preparar un monólogo cómico de 10 minutos con material propio e interpretarlo ante un público real. Teníamos diez semanas por delante y muchos chistes que escribir.
Primera misión: buscar el tema de tu monólogo. Teníamos que elegir algo universal pero singular (qué fácil, ¿eh?). Los profesores y los compañeros nos ayudaron a elegirlo, a afinarlo, a «sacarle chicha». Desterramos muchas ideas preconcebidas (si ya tienes un tema claro antes de empezar el curso, aquí tienes tu segundo ¡ja!) y, tras un par de clases, cada uno encontró un tema personal, interesante para los demás y con potencial para hacer reír.
Cómo hacer reír: aprendiendo a escribir chistes (buenos)

Lo primero que me sorprendió es que nos pusimos a escribir enseguida. Jaime y Edu nos dieron herramientas para estimular la creatividad (por ejemplo, nos enseñaron a hacer una lluvia de ideas, o sea, a decir todo lo que piensas sin juzgarte, como cuando le mandas un audio larguísimo a tu amiga) e ir explorando nuestros temas, al tiempo que nos explicaban la ciencia de la risa. Porque, sí, en este curso aprendí que la comedia se sustenta en fórmulas, reglas y métodos que te tienen que enseñar si quieres provocar carcajadas (por los motivos adecuados) cuando te subes al escenario.
Hubo mucha teoría, pero también mucha práctica: en clase, los profesores nos animaron a probar, a lanzar intentos de chiste, a soltar todo lo que se nos viniera a la cabeza sin filtrarlo. Y vaya mina: de ahí salieron tanto delirios colectivos como chistes inesperadamente buenos que surgían y acababan formando parte de un monólogo. Aunque la escritura era individual, parte de la creación del monólogo fue colectiva.
En casa, poníamos en práctica los «métodos de extracción de chistes» que veíamos en clase, aplicándolos a nuestro tema. Descubrí que cuanto más escribía, más material encontraba y mejor me lo pasaba.
Probando texto: actuaciones con micro y foco en clase

El cuarto día del curso ya teníamos un micro, un foco y gente delante. Así de pronto empezamos con las «pruebas de texto» ante nuestros compañeros, que hacían de espectadores: fueron los primeros en escuchar nuestro material… y en reaccionar ante él. A veces había risitas y otras veces un silencio que irónicamente, también nos hacía reír, incluso a quien había probado el chiste. De repente, estallaban en carcajadas y te sentías profesional (cuidado: son adictivas, este es el tipo de validación que te engancha a la comedia).
Las pruebas de texto imponían bastante, pero fueron muy útiles. En un espacio seguro, rodeada de alumnos tan asustados como yo, me fui liberando del miedo escénico y encontrando mi propio estilo en el escenario. Tuvimos margen no solo para probar el texto, sino también actings, personajes, voces e incluso para improvisar. Edu y Jaime nos corregían y hacían propuestas, y los alumnos fuimos ganando tablas, preparándonos para nuestro debut.
Tu primer monólogo ante un público real

Los días previos a la actuación fueron frenéticos: nervios, escritura, reescritura, pulido de chistes, cosas que se nos ocurrían en el último momento, memorización, práctica, práctica y más práctica… Y entonces llegó el día. Los profesores hicieron de maestros de ceremonias y nos fueron presentando uno a uno. Llegó mi turno. Después de diez semanas de curso, hice mi primer monólogo cómico, con chistes escritos por mí, ante un público de cuarenta personas. Y hubo risas (donde tenía que haberlas), ¡y hasta carcajadas!
Esa primera incursión en el stand-up comedy me llenó de adrenalina, alivio, orgullo y satisfacción. El curso acabó una semana después, en una sesión de despedida en la que compartimos impresiones, los profesores nos dieron feedback, nos felicitamos unos a otros y nos reímos recordando los mejores momentos de la noche.
Por supuesto, el curso termina con pautas y recomendaciones para seguir escribiendo y actuando después del curso. Porque acabas queriendo más, y con tu texto siempre a punto para responder a la próxima persona a la que hagas reír y te diga: «deberías hacer monólogos de comedia».
Para más información sobre el curso básico de stand-up comedy, visita la web de la Escuela de las Artes de la Comedia.