El elemento central de la última gira de Bad Bunny es «La Casita» y trasciende la función de un simple palco VIP o un decorado llamativo. Esta estructura ha sido diseñada al milímetro para reivindicar la historia y la cultura de la clase trabajadora puertorriqueña, sirviendo como punto de partida visual para explorar temas complejos como las consecuencias del colonialismo y la pérdida de la identidad cultural.
La escenografía está inspirada directamente en una vivienda real, la misma que aparece en el cortometraje Debí tirar más fotos. Su concepción fue obra de la arquitecta Mayna Magruder Ortiz, quien pasó un tiempo estudiando detalladamente los planos de las casas de Levittown, buscando alinear la estética visual con una propuesta musical que mezcla salsa y dembow con estructuras de trap.
El origen de Levittown y la clase media caribeña
Levittown fue un proyecto de urbanización levantado en Puerto Rico con la intención de alojar a los veteranos de la Segunda Guerra Mundial. El objetivo principal era ofrecer residencias accesibles y funcionales, de una o dos plantas, para sacar a la población de los arrabales. Aquel modelo de vivienda, pensado para quienes creían que jamás podrían aspirar a más, se convirtió en el germen de la clase media y de la industrialización en la isla.
Con el paso de los años, las familias transformaron estas construcciones estandarizadas dándoles personalidad y alma. Añadieron ampliaciones, construyeron balcones y, sobre todo, pintaron colores vibrantes en cada fachada. Este modelo arquitectónico pronto se convirtió en un referente que se extendió por todo el Caribe, arraigándose en la memoria colectiva de generaciones de jíbaros y latinoamericanos de distintos orígenes.
Nostalgia, arte local e intimidad en el escenario
Para trasladar esta carga nostálgica a sus presentaciones masivas, la instalación incluye detalles cotidianos altamente reconocibles. Elementos como las icónicas sillas de plástico blanco representan infancias en la calle, fiestas de barrio, reuniones con vecinos y comidas familiares irremplazables. El espacio se completa con cerámicas locales, plantas reales, sofás de estilo caribeño y obras de artistas de la isla como Alexis Díaz y Lorenzo Homar.
Durante el espectáculo, el televisor de la casa permanece encendido y la cocina se transforma en un bar improvisado. Benito abandona el escenario principal para subirse a esta estructura y cantar desde allí versiones más íntimas y cercanas frente a su público.
Este artículo está basado en un vídeo de Sélpide originalmente publicado en las redes sociales Madrid Secreto.