Que a veces no hay mejor manera de esconder algo que dejarlo a plena vista es algo que se le podría aplicar al puente de la Culebra: ubicado en plena Casa de Campo y tratándose de una de las obras civiles más singulares del siglo XVIII –no en vano el Ayuntamiento de Madrid lo incluyó en su Catálogo de monumentos y elementos urbanos como obra susceptible de máxima protección– el conocimiento sobre su existencia es tan escurridizo como el animal que le da nombre o su autoría.
Aunque con frecuencia se atribuye su diseño al italiano Sabatini, desde Patrimonio cultural y paisaje urbano del consistorio madrileño consideran posible que esta obra barroca de 1782 la firmase otra persona: «Nos inclinamos a no considerarlo suyo, sino tal vez de Antonio Carlos de Borbón», señalan.
Los indicios que les llevan a pensarlo tienen que ver con dos aspectos de la obra: «su originalidad borrominiana» –en alusión al arquitecto Borromini– y su localización: concretamente se sitúa sobre el arroyo de Meaques, cerca de su cabecera (se accede a él por las rejas sobre dicho arroyo, desde la carretera de Boadilla).
La importancia del puente de la Culebra

Este puente, que también se conoce con el nombre de puente del Estrecho –«por su insuficiente anchura para el paso de carruajes»– está considerado como la obra histórica de la Casa de Campo de mayor rango artístico de las que llegaron hasta la II República.
Está construido con ladrillo y sillería de granito, se compone de cuatro ojos con arcos de medio punto y su nombre procede de las formas serpenteantes y onduladas tan peculiares que lo caracterizan y lo dotan de movimiento.