Entre Miraflores de la Sierra y Canencia hay una excursión que parece hecha a medida para estrenar la primavera: la ruta a la Chorrera de Mojonavalle, una cascada de unos 30 metros de altura escondida en uno de los bosques más bonitos de la Sierra de Guadarrama. El punto de partida es el área recreativa del Puerto de Canencia, a unos 1.500 metros de altitud; desde allí sale una senda muy bien marcada que se adentra en el parque nacional entre pinos silvestres, abedules, acebos y tejos, y que en poco más de dos horas de paseo tranquilo lleva hasta los pies del salto de agua.
La ruta estándar, perfecta para ir en familia o como salida de iniciación, es un recorrido sencillo de entre 6 y 6,5 kilómetros con apenas 150 metros de desnivel acumulado y una duración estimada de 2 a 2,5 horas, ida y vuelta. Se empieza cruzando la carretera en el puerto y tomando la pista forestal ancha que nace junto a la Fuente de la Raja; un portillo de hierro y un paso canadiense marcan la entrada al camino, que durante el primer kilómetro y medio avanza casi llano, como un paseo de calentamiento entre pinos, muy cómodo incluso para niños pequeños. A la altura del Centro de Naturaleza El Hornillo, el trazado se estrecha y hay que dejar la pista amplia y tomar una trocha que sale a la derecha, junto a un merendero, y que empieza a ganar suavemente altura mientras el paisaje se vuelve más húmedo y umbrío.
Una ruta con casacadas de agua

A partir de ahí, el sendero se convierte en la parte más mágica del recorrido. La ruta entra de lleno en el abedular de Canencia, uno de los bosques de abedules más singulares de la Comunidad de Madrid, donde se mezclan los troncos blancos de estos árboles con tejos, acebos y pinos, y el suelo se llena de hojas, musgos y pequeños arroyos que se cruzan gracias a pasarelas o piedras. El agua del arroyo del Sestil del Maíllo —que nace en las laderas del pico Perdiguera, por encima de los 1.800 metros— va apareciendo cada vez más cerca, primero en forma de pequeños saltos y cascajales, y luego como un rumor constante que marca que la chorrera está cerca. Según se avanza, el sendero se estrecha y aparecen más rocas y raíces, pero sigue siendo accesible para cualquiera con un mínimo de costumbre de caminar; solo en los últimos metros conviene extremar la atención si el terreno está húmedo.
Antes de llegar a la base, se recomienda desviarse un momento hacia el mirador de la Chorrera, un balcón natural desde el que se obtiene una vista frontal del salto de agua cayendo entre las lajas de roca, encajonado en una garganta verde que en primavera estalla de vida y, en otoño, se tiñe de ocres y amarillos. Un poco más abajo, tras un corto descenso algo más empinado, el camino desemboca directamente a los pies de la cascada: una pared de unos 30 metros de altura por la que el agua se despliega en varios tramos, formando cortinas y velos que, con el deshielo de mayo o tras episodios de lluvia, caen con fuerza suficiente como para llenar el aire de niebla fina. El entorno, rodeado de roca húmeda, troncos cubiertos de líquenes y vegetación densa, tiene un punto de escenario de cuento que convierte el final de la ruta en un lugar casi obligatorio para pararse, sacar bocadillos y fotos, y dejar pasar el tiempo escuchando solo el ruido del agua.
El regreso puede hacerse por el mismo camino o encadenando una pequeña variante circular que vuelve al merendero del Hornillo por otro sendero, con posibilidad de desviarse hacia el acebo del puerto de Canencia o el Tejo Centenario, ambos catalogados como árboles singulares de la región, si se quiere alargar algo más la excursión. En cualquier caso, el balance del día es el de un plan muy asequible: desde Madrid se llega en alrededor de una hora por carretera (M‑607 hacia Colmenar Viejo y luego Miraflores–Puerto de Canencia, o bien por la A‑1 vía Bustarviejo y Canencia de la Sierra), el aparcamiento en el puerto es gratuito y la ruta no exige material especial más allá de calzado que agarre bien, algo especialmente importante si se va con niños y se quiere acercar hasta mismo borde de la chorrera, donde las rocas pueden estar muy resbaladizas.