Las infinitas versiones y vidas de esta ciudad hacen que sea una realidad que donde hoy está el palacio de Correos de Cibeles hubiera un parque de atracciones. Al estilo del Tivoli en Copenhague —visita obligada de la capital danesa— en Madrid, a finales del siglo XIX hubo tiovivos y otras atracciones en lo que entonces todavía formaba parte de los Jardines del Buen Retiro.
Este parque de divertimento, gestionado por una compañía privada, ofrecía teatro al aire libre, coliseo cubierto (que podía usarse como circo), columpios, quioscos de música, globos aerostáticos y hasta espectáculos de aeronautas acrobáticos, haciendo de la plaza un espacio vibrante que reflejaba la modernidad de la ciudad.
El toboggan como símbolo de la apertura de Madrid al mundo

Entre las atracciones efímeras destacó el “toboggan”, un tobogán para adultos importado de Canadá que causó auténtico furor. Por tan solo quince céntimos, los madrileños más intrépidos podían deslizarse, entre risas y música de banda, por un plano inclinado que descendía zigzagueando desde considerable altura. Este tipo de atracción, novedosa en su época, eran un símbolo de la apertura de Madrid a nuevas formas de ocio y la llegada de las influencias extranjeras a la vida urbana. Resulta casi insólito imaginar que, donde hoy se eleva la monumental torre del reloj, antes se organizaban estas experiencias modernas que congregaban numerosos curiosos para ver, y casi siempre reírse de, quienes se lanzaban por la estructura.
La desaparición de este parque de atracciones llegó con la decisión de construir la nueva sede de Correos y Telégrafos en 1904, desencadenando un concurso arquitectónico donde triunfaron Antonio Palacios y Joaquín Otamendi. Su “creación genial” inauguró una etapa transformadora para Madrid y borró del paisaje aquellas instalaciones de ocio, sustituyendo la efervescencia del parque por la solemnidad monumental que caracteriza hoy a Cibeles.
Sin embargo, la memoria de estos espacios sigue asomando entre las piedras y vidrieras del actual Palacio de Cibeles, recordando el pasado lúdico de una plaza que fue, literalmente, centro de la innovación y la diversión madrileña.