A poco más de 50 minutos en coche desde Madrid, justo en la frontera con Guadalajara pero todavía dentro de la Comunidad de Madrid, hay un pueblo de menos de 1.000 habitantes que en verano se tiñe de morado. Pezuela de las Torres, en la llamada Alcarria madrileña, ha pasado en apenas unos años de ser una villa agrícola discreta a convertirse en uno de los paisajes de lavanda más sorprendentes de la región: cientos de hectáreas de lavandín entre colinas doradas de trigo, con la silueta del pueblo al fondo. Lo curioso es que, pese a la espectacularidad de sus campos, casi nadie fuera del entorno lo sabe.
Pezuela de las Torres se llega atravesando un mar dorado de campos de cereal, hasta que el paisaje cambia y, en julio, las lomas se cubren de hileras moradas de lavandín, un híbrido entre lavanda y espliego. Este cultivo llegó hace apenas cinco años como apuesta de los agricultores de la zona para diversificar la economía y se ha convertido ya en uno de los grandes atractivos del pueblo.
El lavandín es más resistente y productivo que la lavanda tradicional, da más flor y es más duradero, lo que lo hace ideal para usos industriales.
Un secreto dentro de la Comunidad de Madrid

Cuando se habla de los campos de lavanda cerca de Madrid, casi todo el mundo piensa en Brihuega, a unos 90 kilómetros, y su festival conocido. Sin embargo, a apenas una hora de la capital se pueden visitar campos igual de fotogénicos sin salir de la Comunidad, gracias a la apuesta de Pedrezuela.
La apuesta por la lavanda no se ha quedado en el paisaje. Pezuela de las Torres es el único municipio de la Comunidad de Madrid que cuenta con una destilería dedicada a convertir la flor de lavandín en aceites esenciales para usos cosméticos, farmacéuticos y terapéuticos. El cultivo no solo cambia la vista; también ha exigido adaptar maquinaria agrícola, aprender nuevas técnicas de recolección y abrir vías de comercialización.
La importancia que han alcanzado estos campos es tal que desde 2024 el pueblo celebra su propio Festival de la Lavanda, también conocido como Aroma de la Alcarria Madrileña. Durante esos días, los monumentos (como la ermita de Santa Ana), la destilería y los campos se abren al público de forma gratuita, con actividades que van desde visitas guiadas hasta música al atardecer entre las flores. Es un festival mucho más pequeño y local que el de Brihuega, pero precisamente ahí está su encanto: menos espectáculo masivo, más fiesta de pueblo perfumada de lavanda.
La mejor época para ver los campos en su máximo esplendor es el mes de julio, cuando la floración del lavandín está en pleno auge y el contraste entre el morado de la lavanda y el dorado de los cereales es más intenso. En esos días, la luz del atardecer convierte el paisaje en una especie de sueño provenzal a escala madrileña: filas de lavanda, sol bajo y perfume en el aire.