Es algo ya común en este verano porque empiezan a repetirse las mismas escenas: vagones llenos, andenes colapsados y viajeros esperando trenes que tardan en llegar. La gota que colmó el vaso fue una imagen que circuló en X (antes Twitter): un convoy de la línea 10 abarrotado.
La fotografía, compartida por @InigovanEyck el 21 de julio, desató una oleada de críticas: “que la L10 esté así un 21 de julio es un gran indicativo…”, rezaba el tuit. Y no fue un caso aislado: las líneas 5 y 10, y también Cercanías C5, acumulan quejas similares.
La respuesta de Metro de Madrid no tardó: admitió incidencias en instalaciones y prometió refuerzos, más trenes y personal extra. Pero, ¿es suficiente para frenar la saturación?
¿Por qué ocurrieron estas imágenes?
El pasado lunes 21 de julio, Metro de Madrid confirmó una incidencia técnica en el sistema de comunicaciones entre las estaciones de Tres Olivos y Gregorio Marañón, en plena línea 10. El problema, que se prolongó durante varias horas, provocó importantes retrasos y escenas de saturación que se multiplicaron en redes sociales. No obstante, el servicio se restableció hacia las once de la mañana.
Una situación similar se vivió en la línea 5, donde numerosos usuarios denunciaron en X haber tenido que dejar pasar hasta tres trenes para poder subir a uno. Desde Metro justificaron la sobrecarga por la gran afluencia de viajeros, consecuencia directa de las obras que se están ejecutando en otras infraestructuras clave de la ciudad, como la línea 6, la autovía A-5 y el servicio de Cercanías C5. En respuesta, el suburbano ha reforzado frecuencias, pero la presión sobre el sistema no ha disminuido del todo.
Buena parte del caos se explica por el efecto dominó de las obras simultáneas. Desde el 19 de julio, el túnel de Sol que conecta las líneas C3 y C4 de Cercanías permanece cerrado y así seguirá hasta el 30 de agosto. A esto se suma la interrupción del servicio en la línea C5 entre Embajadores y Villaverde Alto, prevista hasta el 30 de julio. Además del cierre parcial de la línea 6 de metro.
Además, se han iniciado trabajos en la A-5, la M-30 y la zona de la Castellana, lo que complica aún más la movilidad en superficie y obliga a miles de viajeros a recurrir al metro como alternativa. El resultado: trenes llenos, estaciones colapsadas y una red que opera al límite de su capacidad.
¿Qué medidas se han tomado?
Para hacer frente a esta situación excepcional, Metro de Madrid ha adoptado varias medidas en los últimos días. Desde el pasado 6 de julio, se ha incrementado la frecuencia de paso de trenes en varias líneas con alta demanda. En concreto, la línea 3 opera con un 14 % más de trenes, la línea 5 ha aumentado su capacidad un 19 % y la línea 12 cuenta con un 10 % más de convoyes. La línea 10, una de las más afectadas, se monitoriza en tiempo real para aplicar refuerzos puntuales cuando se detectan picos de afluencia.
Además, se ha reforzado el personal en las estaciones más transitadas con el objetivo de agilizar la circulación de viajeros y evitar cuellos de botella en andenes. Estaciones como Sol, Embajadores, Oporto, Villaverde Alto o Marqués de Vadillo cuentan ahora con más trabajadores en el vestíbulo y los accesos, facilitando la distribución del flujo de pasajeros.
El pulso de las redes
Miles de usuarios reflejan el malestar en tiempo real. Las quejas se repiten: “Otro día de condiciones inhumanas en la línea 5” o “¿Lo de aumentar las frecuencias lo dejáis para la próxima subida de precios?” son solo algunos ejemplos. También se critica la falta de carteles informativos en accesos y andenes, que obligan a muchos a improvisar rutas alternativas o a perder tiempo sin saber qué ocurre.
Más allá del metro, también se han trasladado quejas al servicio de BiciMAD, con estaciones vacías en zonas como Lavapiés o Embajadores, precisamente donde el transporte subterráneo se encuentra más saturado. La sensación general es que la ciudad entera atraviesa un momento de estrés estructural en su red de movilidad, donde cada fallo, obra o retraso genera un efecto dominó que afecta al resto.