La última agresión al Templo de Debod ha encendido todas las alarmas en las redes sociales y en expertos, porque las piedras de sus pórticos lucen ahora nombres, siglas, arañazos e inscripciones recientes, un nuevo episodio de vandalismo contra un monumento egipcio de más de 2.000 años que la ciudad conserva al aire libre desde los años 70. Las imágenes de los daños, difundidas en redes, han generado una fuerte indignación ciudadana y han reabierto un debate que parecía políticamente cerrado: ¿tiene sentido seguir dejando a la intemperie una pieza única del patrimonio faraónico mundial, expuesta al clima, la contaminación y el incivismo, o ha llegado el momento de protegerla con una cubierta permanente como ocurre en otros templos similares fuera de Egipto?
En los últimos días, se han documentado inscripciones, pintadas y arañazos sobre la piedra original del templo, especialmente visibles en los dos grandes pórticos de acceso que dan paso al santuario. No son simples garabatos sobre barandillas o elementos modernos, sino marcas hechas directamente sobre sillares antiguos, en los que se pueden leer nombres propios, iniciales y símbolos, algunos realizados con objetos punzantes que han rayado la superficie.
Las imágenes del deterioro se suman a un historial de advertencias: asociaciones patrimonialistas y egiptólogos ya venían denunciando episodios anteriores de vandalismo, con grafitis, pequeños golpes y marcas que, acumuladas, erosionan la piedra junto a la acción constante de la lluvia, el viento, las heladas y la contaminación madrileña. El templo, donado por Egipto en agradecimiento a la ayuda española en el salvamento de Nubia, se montó en 1972 sobre una colina del Parque del Oeste, a cielo abierto y sin una estructura de protección, una decisión que hoy muchos consideran insostenible a largo plazo.
Por qué vuelve el debate sobre cubrirlo
Los expertos críticos recuerdan que la mayoría de templos egipcios trasladados al extranjero (como Dendur, en Nueva York, o el de Tafa, en Leiden) se exhiben bajo techo, con control de humedad y temperatura, mientras que Debod es el único de su categoría expuesto por completo al aire libre, a 650 metros de altitud, con cambios bruscos de clima. A su juicio, las pintadas y arañazos no son un incidente aislado, sino el síntoma de una vulnerabilidad estructural: un monumento milenario abierto 24 horas al público, rodeado de praderas y sin barrera física sólida entre la piedra original y cualquier mano irresponsable.
Del otro lado está el Ayuntamiento, que lleva años defendiendo la decisión de no cubrir el templo. La delegada de Cultura, Turismo y Deporte, Marta Rivera de la Cruz, ha reiterado que un estudio de conservación realizado entre 2019 y 2022 concluyó que el estado de Debod era “razonable” y que no existía riesgo de destrucción inmediata de sus valores culturales, por lo que “no se contempla su cubrición”. Además, el Consistorio y el Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid argumentan que levantar una gran urna de cristal o una estructura cerrada supondría una alteración muy notable del paisaje urbano (la vista panorámica sobre el Parque del Oeste y la Casa de Campo) y que parte de la piedra visible hoy es moderna, traída de Salamanca en los años 70, y se conserva en buen estado.