La primavera en Madrid tiene nombre japonés y parada obligatoria en Barajas. La llamada “ruta del sakura” en el parque Juan Carlos I se ha convertido en uno de los paseos botánicos más especiales de la ciudad: un recorrido gratuito que atraviesa cientos de cerezos en flor y termina, literalmente, en una pequeña selva bajo cristal, en pleno corazón del parque.
El origen de esta estampa rosa está en un gesto de hace algo más de una década. La Asociación de la Comunidad Japonesa en Madrid donó alrededor de 200 cerezos al Ayuntamiento, plantados en un rincón del parque Juan Carlos I que, con los años, se ha convertido en el mejor hanami sin salir de la M‑30. Hoy se calcula que hay cerca de 300 cerezos en el parque, de distintas variedades (incluidas Somei Yoshino y Shidare Yoshino), repartidos en grupos que en primavera tiñen de blanco y rosa praderas y laderas.
Cuando florecen, el efecto es el de un túnel rosa, gracias a sus ramas cargadas de flores, césped verde debajo y familias, parejas y curiosos extendiendo mantas a la sombra, imitando la tradición japonesa del picnic bajo el sakura. No hay entrada ni reserva: basta con llegar al parque, seguir los caminos que bordean el lago y dejarse guiar por las copas rosadas.
La ruta botánica: del anillo verde a la “selva” del invernadero

El Juan Carlos I es uno de los parques más grandes de Madrid, con un trazado en anillo que se percibe desde el aire debido a su cercanía al aeropuerto. La ruta de los cerezos aprovecha ese diseño circular para proponer un paseo botánico que combina paisaje abierto, arte al aire libre y microclimas vegetales muy distintos entre sí.
Muchas visitas guiadas y paseos organizados empiezan en la salida de metro Campo de las Naciones (línea 8) y se adentran en el parque rumbo a la Estufa Fría, el gran invernadero central. Por el camino se van identificando especies representativas del parque, entre las que están los olivos centenarios, pinos, álamos, praderas de césped, hasta llegar a la zona de cerezos, donde la primavera explota en forma de pétalos. Desde ahí, el itinerario continua hacia el interior hasta entrar en la Estufa Fría, ese invernadero de exhibición que, visto desde fuera, parece un discreto volumen de vidrio y, por dentro, se abre como una auténtica selva botánica.
La Estufa Fría es el tesoro escondido del parque: un invernadero gratuito donde conviven un jardín japonés, un estanque con plantas acuáticas y colecciones de bambúes, suculentas, cicadáceas, palmeras, plantas acidófilas, cítricos y otras especies poco habituales en los parques al uso. Nada más cruzar la puerta, la sensación cambia: la temperatura es más suave, la humedad sube y la vegetación se densifica hasta crear pasillos de hojas grandes y copas altas que justifican el apelativo de “selva bajo cristal”.