Cada primavera, mientras medio mundo mira a los cerezos de flor rosa o a los campos de tulipanes, en el corazón de España ocurre un fenómeno menos famoso pero igual de hipnótico: la Sierra de Gredos desaparece lentamente bajo un manto amarillo. No es un efecto de luz ni un truco fotográfico, sino la floración masiva del piorno serrano, un arbusto que pasa casi desapercibido el resto del año y que, entre mayo y junio, convierte las laderas en un océano dorado que parece extenderse hasta el infinito.
En la cara norte de Gredos, en la provincia de Ávila, este espectáculo tiene nombre propio y hasta festival: el Festival del Piorno en Flor, rebautizado recientemente como Gredos en Flor. Desde 2011, empresarios turísticos y vecinos de la zona se organizan para reivindicar a este arbusto humilde como emblema del territorio, poniendo en valor un paisaje que abarca alrededor de 65.000 hectáreas de monte tapizado de amarillo, repartidas entre una treintena larga de pueblos y más de 60 miradores naturales. Navalosa, Navarredonda de Gredos, Hoyos del Espino, San Martín de la Vega del Alberche o Cepeda la Mora son algunos de esos municipios que, en primavera, se funden visualmente con el piornal, hasta el punto de que, vistas desde el aire, las casas de piedra parecen flotar sobre una alfombra dorada.
Cuando ver el piorno en flor en Gredos

El ciclo natural tiene su propia coreografía. A finales de abril empiezan a florecer los piornos serranos en las cotas más bajas; después, a lo largo de mayo y buena parte de junio, el amarillo va subiendo por las laderas, acompasado al deshielo y a las temperaturas, hasta alcanzar los puertos y las zonas más altas, donde incluso convive unos días con las últimas manchas de nieve. En total se han catalogado hasta 23 especies de piorno en el entorno de Gredos, con distintas tonalidades y aromas, pero es el amarillo intenso del Cytisus oromediterraneus el que domina el paisaje y el olfato: un perfume dulce y resinoso que impregna carreteras, caminos y prados durante semanas
La mejor forma de comprender por qué este fenómeno se ha convertido en una “leyenda” para fotógrafos y amantes de la naturaleza es ponerse las botas y salir a caminar. Rutas como la subida hacia la Laguna Grande de Gredos, los senderos que parten de Navarredonda o los recorridos entre pinares y piornales del norte de la sierra permiten ver de cerca cómo estos arbustos colonizan las laderas soleadas y forman masas tan densas que es imposible atravesarlas sin abrirse paso a pulso. Durante unas pocas semanas, el verde de los prados queda casi subordinado a ese amarillo omnipresente que parece competir con el propio sol, y el horizonte se llena de pinceladas doradas que enmarcan, al fondo, las crestas de granito del Circo de Gredos.
En un tiempo en el que las grandes floraciones se han convertido en reclamo turístico global, el piorno en flor ofrece una versión menos masificada y más salvaje de ese mismo asombro. Cuando llega el verano, los pétalos caen, el paisaje vuelve a sus tonos ocres y verdes y el piorno recupera su discreción… hasta la próxima primavera, cuando, una vez más, Gredos vuelva a desaparecer bajo ese manto amarillo de leyenda.