El asfalto no siempre estuvo ahí. Entre los años 40 y 60, miles de personas llegaron desde Extremadura, Andalucía y La Mancha a unas tierras de calificación agropecuaria en el suroeste del distrito de Usera. Hoy, esas calles de tierra que con las lluvias se convertían en lodazales conforman Orcasitas.
El terreno toma su nombre de la familia propietaria original (Pedro Bernardo Orcasitas Ruiz), dueña de una ferretería local. Frente a la adversidad de las primeras chabolas, los residentes se organizaron para exigir agua corriente, electricidad y alcantarillado. Llegaron a colaborar directamente en la construcción de sus propias viviendas, eligiendo hasta el color de los ladrillos y consolidando el primer ejemplo de barrio participativo de Madrid.
La memoria obrera en el trazado urbano
La fisionomía del barrio define y documenta sus logros sociales. El callejero exhibe placas con nombres como calle de la Participación, ronda de las Cooperativas, calle del Empleo Juvenil o calle de los Encierros. Una fuente rinde homenaje a las primeras mujeres que se instalaron allí, mientras que una escultura conceptual con forma de paloma alzando el vuelo recuerda a Arturo Pajuelo Rubio, asesinado el 1 de mayo de 1980 por terroristas tardofranquistas.
Tras superar los estragos del desempleo y la heroína en los años 80, la reactivación ciudadana de la década posterior culminó cuando la zona fue declarada Buena Práctica Mundial de Participación Ciudadana por la ONU-Hábitat.
Su red actual incluye una central térmica comunitaria que garantiza calefacción de bajas emisiones. Como registro de un pasado aún más remoto, bajo este mismo suelo aparecieron el cráneo y los colmillos de un elefante del Pleistoceno que caminó por allí hace 150.000 años.