El papa León XIV ha dormido en la Nunciatura, ha llenado Cibeles y el Bernabéu… y, en mitad de esa coreografía de coches oficiales y grandes escenarios, ha dejado una imagen inesperada: eligiendo para comer uno de los restaurantes más antiguos de Madrid, Lhardy, y sentándose ante un menú de platos cotidianos que podría haber pedido cualquier local.
Lejos de los hoteles de superlujo y de los menús degustación con estrellas Michelin, el Pontífice ha preferido refugiarse en una carta de casi dos siglos de historia donde el cocido, los guisos y las vitrinas de plata dicen tanto de la ciudad como un domingo en el rastro.
Lhardy, un trozo de Madrid del XIX

Entrar en Lhardy es atravesar una puerta de 1839. Fundado en pleno siglo XIX, en la Carrera de San Jerónimo, este restaurante ha sido testigo de revoluciones, conciliábulos políticos, tertulias literarias y comidas de medio país oficial. Su espejo de la entrada, la tienda de ultramarinos finos, las consomeras de plata donde se sirve el caldo y esos comedores llenos de madera, terciopelo y lámparas discretas convierten cualquier visita en una pequeña cápsula del tiempo.
Que el Papa haya elegido este escenario no es solo una curiosidad gastronómica: es un guiño a la memoria de la ciudad. Frente al brillo nuevo de los hoteles de cinco estrellas de la Castellana, Lhardy representa la Madrid de los cafés de tertulia, de los políticos que se escabullían a negociar entre plato y plato, de los escritores que se inspiraban en la barra mientras veían pasar la vida. Es un lugar donde el protocolo se mezcla con el rumor de los siglos.
Un menú de platos cotidianos
En coherencia con ese marco, la elección del menú ha sido sorprendentemente sencilla. En lugar de desplegar una carta especial de alta cocina, el Papa ha optado por platos que están en la biografía gastronómica de muchos madrileños: croquetas, jamón, gazpacho y ensladilla fueron algunas de las estrellas.
Para Lhardy, la visita supone una especie de consagración laica. El restaurante ha vivido momentos difíciles, cambios de propiedad y reformas para adaptarse al siglo XXI sin traicionar su esencia. En los últimos años ha ido recuperando pulso, atrayendo a una nueva generación que lo descubre como “sitio de toda la vida” y no solo como lugar de comidas oficiales de otra época.