En un local de Madrid que se define a sí mismo como la embajada de Málaga en la capital, se sirven más de 50 variedades del tradicional campero. El establecimiento ofrece este bocadillo característico del sur a precios ajustados, con opciones que van desde los clásicos de jamón york hasta versiones veganas, vegetarianas, sin gluten, sin lactosa e incluso dulces. Además de la comida, el local cuenta con opciones de cerveza a partir de 60 céntimos.
La base de todas las preparaciones es el mollete de Antequera. Según explica el dueño, el pan se recibe en crudo, se rellena con diversas combinaciones —como la favorita del propietario, que lleva queso brie y cebolla caramelizada, o el clásico con tomate, lechuga, huevo y jamón— y se pasa por la plancha. El resultado es un bocadillo de miga ligera que sale crujiente por fuera y caliente por dentro. Los precios están pensados para el público de la zona, de marcado perfil estudiantil: el tamaño pequeño cuesta 3 euros y el grande, 6 euros. La calidad de su producto estrella les valió hace dos años un reconocimiento en la Copa del Mejor Campero.
Productos de feria y apoyo al deporte local
Más allá de los camperos, el local funciona como un pequeño reducto de la gastronomía malagueña. En sus estanterías y vitrinas se puede encontrar vino Cartojal, bebida habitual en la Feria de Málaga, y las tradicionales tortas Locas, que se ofrecen por un euro. La estética del establecimiento, alejada de las grandes franquicias, incluye referencias a la ciudad andaluza y una nevera cubierta de imanes traídos por empleados y clientes.
Catalin relata que los inicios no fueron fáciles, ya que hace una década en Madrid el término «campero» se asociaba a menudo con el pollo o el huevo. Tras trabajar como ayudante de cocina y camarero, fue invirtiendo mes a mes para comprar la maquinaria de su propio local. Hoy, el negocio mantiene un fuerte vínculo con su entorno. Desde 2016, El Campero patrocina al equipo de hockey SPV Complutense, y actualmente apoya al equipo de baloncesto Los Gambrinus.
Las paredes del pequeño restaurante exhiben trofeos, un casco galardonado y camisetas firmadas por los jugadores, consolidando un espacio donde los primeros clientes, diez años después, continúan acudiendo con sus familias.