Con casi 40 años y el visado número uno expedido a un ciudadano chino para entrar a España, un veterinario llegó al país para unirse a su padre y a su tío. Su primer empleo no tuvo nada que ver con su formación clínica ni con la hostelería: comenzó trabajando en el mítico teatro ambulante de Manolita Chen, un espectáculo de variedades muy popular en la época que combinaba cabaret, burlesque y números de riesgo con trapecistas y lanzamiento de dagas voladoras.
El ambiente nómada del circo y los riesgos propios de la farándula no le ofrecían la estabilidad que buscaba al emigrar. Tras dejar atrás las carpas del espectáculo, comenzó a trabajar en un restaurante regentado por unos ciudadanos taiwaneses. Allí se dio cuenta de un detalle que marcaría su futuro empresarial: la comida china era una completa incógnita para el público local.
El primer Gran Muralla en Meléndez Valdés
Con esa idea en mente, en la década de los setenta abrió las puertas del restaurante Gran Muralla, inaugurando su primer local en la calle Meléndez Valdés. El negocio tuvo una excelente acogida comercial, un éxito que coincidió con un momento histórico de transición en ambos países. Tras el franquismo, España requería nueva mano de obra, mientras que en China, tras el fallecimiento de Mao, muchos ciudadanos buscaban alternativas para mejorar su calidad de vida.
La prosperidad del restaurante madrileño no tardó en llegar a oídos de los habitantes de Qingtian, el pueblo natal del fundador. Entre los vecinos comenzó a correr la voz de que existía una oportunidad real de prosperar en la capital española. El impacto fue tal que la simple tarjeta de visita del Gran Muralla se convirtió en el documento que muchos inmigrantes presentaban al solicitar su visado en China, demostrando que viajaban a Madrid con un destino y un propósito concretos.
Una red de acogida en Barajas
Este efecto llamada generó un flujo migratorio continuo que obligó a organizar una estructura de acogida improvisada pero efectiva. El pionero de este movimiento pedía a su hijo que acudiera al aeropuerto de Barajas hasta dos veces por semana con una misión directa: si veía a algún compatriota perdido en la terminal, debía recogerlo y llevarlo con ellos. Una vez en la ciudad, la familia les proporcionaba casa, ropa y trabajo, tejiendo así los primeros lazos de una comunidad que terminaría arraigando en la capital.