Miles de madrileños despliegan cada verano unas lonas de un color desgastado por el sol, un gesto cotidiano que esconde la historia demográfica reciente de la ciudad. El toldo verde, considerado por muchos como el monumento más ignorado de la capital, cubre las fachadas de innumerables edificios residenciales y es el resultado directo del éxodo rural hacia Madrid. Su expansión comenzó, nos cuenta Adry Flash en un vídeo para Madrid Secreto, en la década de los años 60, cuando España experimentó un movimiento masivo de población desde los pueblos hacia una urbe que todavía se encontraba en plena construcción.
Tres opciones en el mercado y una elección unánime
Durante aquellos años de crecimiento urbano continuo, miles de familias llegaron para iniciar una vida nueva, dando origen a la clase media española. Al instalarse en sus viviendas y buscar protección contra el calor, los nuevos madrileños se encontraron con una oferta industrial limitada. Según los testimonios de la época, solo había tres colores de lona disponibles para los toldos: verde, naranja y azul.
De forma abrumadora, la población eligió el primero. Las razones exactas de esta preferencia colectiva no están documentadas con exactitud. Se baraja la posibilidad de que la luz que filtraba hacia el interior de las casas resultara más suave, o que su precio fuera más accesible. Otra explicación señala que las personas que habían dejado atrás los montes y el campo sentían la necesidad de incorporar un tono natural a su entorno urbano, aunque fuera mediante una lona colgada.
Sin existir ninguna normativa que lo exigiera, el verde se convirtió en una norma vecinal. Cuando un bloque de pisos lo elegía, la estética se copiaba rápidamente y se extendía por toda la calle.
El telón de fondo de la cultura de barrio
Esta homogeneidad visual transformó el paisaje de los distritos y permeó la cultura del país. Los toldos verdes se convirtieron en el decorado habitual de las películas de directores como Eloy de la Iglesia o Pedro Almodóvar, ilustraron portadas de grupos musicales y protagonizaron ensayos fotográficos. En la actualidad, ese color desgastado, que en muchos balcones ya tira a gris tras décadas de exposición al sol, choca de frente con el diseño de una ciudad moderna que en ocasiones orienta su desarrollo hacia quienes la visitan desde fuera, olvidando a los residentes del interior.
Lejos de ser un mero ornamento arquitectónico, la lona verde representa a la primera generación que consiguió adquirir un piso en propiedad tras levantar la ciudad con sus manos. Es la sombra bajo la que creció un estrato social que antes no existía, un elemento omnipresente que sigue protegiendo del calor a los bloques de viviendas de toda la capital.