Hay restaurantes que necesitan tiempo para encontrar el tono. Tribeca Bistro parece haberlo entendido rápido. A un año de su apertura, el local de Diego Santa Rosa y Diego Amigo ya funciona como esos sitios que siempre aparecen en la conversación cuando alguien pregunta dónde comer en los alrededores de la Puerta de Alcalá sin entrar en el terreno de las cuentas desorbitadas.
El proyecto nació hace un año (ya saben que la gestación es otra cosa) mirando a los bistrós de Nueva York, especialmente a los del barrio de Tribeca, pero lo que termina aterrizando en Marqués del Duero es algo bastante más reconocible: cocina europea clásica, medias raciones para compartir y una carta donde aparecen nombres familiares sin demasiadas piruetas. ¿La idea? Hacer sabores reconocibles a los que apetece volver y no tanto encontrar la cuadratura del círculo.
La sala acompaña. Hay una decoración de cierto aire sofisticado, bien medida, con ese equilibrio complicado entre restaurante de moda y sitio cómodo para quedarse. El ticket medio ronda los 45 o 50 euros, pero la sensación es menos agresiva de lo que uno espera a pocos metros de la Puerta de Alcalá (también tienen un menú del día por menos de 20€).
Una carta pensada para pedir varias cosas

La renovación de la carta coincide con el primer aniversario del restaurante y se nota una intención de hacerla más apetecible para compartir.
Los arancini fueron quizá el plato más discreto de la mesa. Correctos, bien fritos, aunque lo mejor estaba alrededor: una salsa de tomate intensa, con más carácter que la propia croqueta. Funcionaba mejor mojando que el bocado en sí.
El bikini, en cambio, sí deja claro por qué este tipo de restaurantes viven o mueren en los detalles. El suyo, de pastrami, quesos y mayonesa de gilda, tiene equilibrio. Hay grasa, acidez y salinidad en la medida justa.
El tartar de atún con aguacate cumple bien dentro de esa línea de cocina reconocible que maneja Tribeca Bistro. Correcto, limpio y agradable, aunque sin buscar el golpe de efecto. También pasó por la mesa uno de los cortes de carne —pluma ibérica—, bien ejecutado y sin excesos técnicos. Todo parece responder a la misma lógica: platos fáciles de entender, bien afinados y pensados para gustar a mucha gente sin caer en el piloto automático.

Donde el restaurante realmente sube el volumen es en la parte dulce. La mousse de chocolate sigue siendo uno de los platos más celebrados de la casa y se entiende en cuanto llega a la mesa. Lo terminan delante del cliente, añadiendo aceite de oliva y sal.
Es probablemente el plato que mejor resume la propuesta de Tribeca Bistro: cocina reconocible, presentada con algo de oficio y sin complicarle la vida al comensal.