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Cultura

«Yo jugaba a la ouija pensando en que funcionase de verdad»

Antonio Pineda Antonio Pineda

«Yo jugaba a la ouija pensando en que funcionase de verdad»

A principios de los años 90 pasó algo en el barrio de Vallecas a lo que Íker Jiménez se refiere como el caso que «más le ha puesto la carne de gallina». Paco Plaza, director junto a Jaume Balagueró de la no menos escalofriante saga Rec, se propuso narrarlo en su última película, Verónica, que se estrena hoy en cines.

Lo atractivo -con permiso del término- de esta historia es la supuesta credibilidad que un atestado policial le otorga. En un bloque de ladrillo rojo y ropa tendida de la calle Luis Marín vivía Estefanía Gutiérrez Lázaro, cuya historia alcanzaría para su desgracia popularidad a nivel nacional. Tras semanas comportándose fuera de lo normal en una casa donde los cuadros se caen solos y las puertas se abren sin presencia de nadie, falleció en el Hospital Gregorio Marañón de «muerte súbita y sospechosa».

La noche en que la situación en la casa de la familia Gutiérrez Lázaro llegó a su clímax haciéndose insoportable, la policía se personó en la casa después de recibir una llamada pidiendo ayuda. El informe que redactó el inspector de Policía de vuelta en la comisaría después de haber estado en aquella vivienda, relataba lo sucedido como una situación de «misterio y rareza» con muebles que se abrían de forma «súbita y antinatural».

El director Paco Plaza ha elaborado un pastiche a partir de este y otros casos paranormales de la época para parir una historia que combina la nostalgia de una época y el problema de ser adulto para una adolescente con uniforme de colegio y carpeta forrada con fotos de tíos buenorros. Todo ello en un contexto de ouija, posesiones demoníacas, presencias extrañas y monjas ciegas que ven lo que otros no pueden. Terror muy castizo. Y Plaza, que se define como «de naturaleza escéptico», tiene pinta de habérselo pasado en grande rodando Verónica.

 

Supongo que ayuda bastante tener detrás de la historia el sustento del «basado en hecho reales».

Lo que convierte a este caso en único y tan llamativo es que exista un atestado policial en el que un inspector de policía afirma haber sido testigo en primera persona de hechos que no tienen explicación, eso es un suceso único en España. Existe un documento mecanografiado con el sello de la Jefatura de Policía que certifica que lo que ha pasado en este escenario no son sucesos naturales.

¿Cómo se duerme por las noches trabajando en una película como esta?

Te puede generar cierta inquietud, no te lo niego. Lo que pasa es que yo soy de natural muy escéptico. Creo en lo inexplicable, pero creo que es algo que no sabemos explicar porque no lo estamos enfocando de la manera correcta o porque nos falta información. Sin embargo hay una atracción en ese momento entre algo a lo que no sabemos darle carta de naturaleza, no sabemos darle una causa hasta que la encontramos. En ese abismo que media lo inexplicado y lo que acabamos explicando es donde creo que se encuentra la emoción humana. La curiosidad, el vértigo hacia lo desconocido, el abismo de la incógnita, son mucho más interesante que los hechos.

¿Jugabas a la ouija o te quedabas detrás de la puerta?

Yo jugaba. Lo que no hacía era mover el vaso. No era el que hacía trampas, yo quería creérmelo y jugaba pensando en que funcionase de verdad.

Querías creértelo, pero ¿te lo crees?

A ver… Me lo creo. Yo creo que todos hemos tenido una experiencia que te hace dudar pero el hecho de que sea real o no es lo de menos, lo bonito es la excitación del momento, la sensación de transgresión, de travesura, de estar haciendo algo prohibido y disfrutarlo en compañía de tus amigos. Luego realmente si el vaso se está moviendo por cuenta propia o algo lo está moviendo, es casi lo de menos.

¿Se hacen mejor este tipo de pelis desde el escepticismo o creyendo en lo que se cuenta?

Lo único importante es querer a tus personajes, generar aquellos que tienen emociones reales con las que el público pueda empatizar. La ouija no deja de ser un dispositivo, un atrezzo para la historia. El corazón de la película está en otro lado.

Resulta paradójico que tendamos a librarnos cada vez más de la cultura del santurrón de domingo y el cura dando clases de religión, y a la vez, parece que queramos creer en temas como el de la película.

Claro, es que la fe es un tema muy importante. Por un lado, la impronta judeocatólica, queramos o no, es la cultura en la que vivimos, la que ha generado el sistema de valores en el cual se mide nuestra sociedad. Y eso es independiente de la fe que profeses. Toda la historia del arte, la literatura, ha estado monopolizada durante mil años por la iglesia católica. Lo que somos, nuestra manera de pensar, está mediatizada por ellos. Y el hecho de tener una educación religiosa te predispone a creer en lo sobrenatural. Cuando vas a un colegio de curas como era mi caso, en la clase de ciencias te están explicando la fecundación del óvulo y en religión te están explicando que Jesucristo nació sin que mediara conocimiento carnal. De alguna manera estás expuesto a creer en lo sobrenatural. Cuando te dicen Jesucristo muere y resucita a los tres días, esto genera un sistema mitológico que hace que tu cerebro sea más susceptible a creer en lo sobrenatural.

¿Qué línea separa subgéneros como las pelis de zombies o de espíritus?

En el caso de Verónica el verdadero monstruo es ella misma. Un adolescente no deja de ser alguien que en un momento dado de su vida empieza a cambiar físicamente y le cuesta reconocerse en el espejo. En el caso de los hombres te cambia la voz, empiezas a hablar con una voz que no reconoces como propia. Y en el caso de las mujeres, aparte de los evidentes cambios físicos, ocurre un cambio mucho más determinante que es que la percepción que la gente tiene de ti cambia a tu alrededor. Tus compañeros de juegos de hace un año dejan de comportarse contigo de la misma manera, los adultos empiezan a fijarse en ti de una manera que no deja de ser inquietante para una niña de 14 o 15 años, y es un poco como La invasión de los ultracuerpos, cuando Donald Sutherland te señalaba y gritaba. Así es como se siente una chica 15 años que a lo largo de su vida se va acostumbrando y tiene que lidiar con eso quiera o no quiera. Pero a esa edad, cuando apenas un año antes o dos, antes de desarrollarte plenamente, eres una niña que vive en una Arcadia feliz, pues es un momento supertraumático para cualquier mujer.

¿Recuerdas el caso en las noticias?

No, yo lo conocí más tarde a través de Íker Jiménez. Casi en tiempo real Jiménez del Oso se ocupó de él, pero quizá Íker Jiménez es quien ha contribuido a su difusión. Tanto en radio como en sus programas de televisión recurrentemente vuelve al tema y en algún libro también ha dedicado algún capítulo a este caso.

Viendo la historia del cine de terror pareciera que el miedo evoluciona de alguna manera.

No estoy muy de acuerdo. Hay películas de los años 20 como Nosferatu, El Golem o El Gabinete del Doctor Caligari que mantienen intactas su capacidad de fascinación y de escalofrío, y hay otras estrenadas el año pasado que no consiguen ese nivel. Hay unos avances técnicos que condicionan la manera en que cuentas, pero no la capacidad de perturbar o de no perturbar al espectador.