Cómo repensar Usera y el Año Nuevo Chino

El llamado Chinatown madrileño y su reciente festividad invita a repensar la idea de cultura y sus representaciones.

No hace tanto y en realidad hace casi un siglo. Estrenados los años 20, en aquello que poco o nada tenía que ver con Madrid, el coronel Marcelo de Usera y Sánchez contraía matrimonio con la hija de un agricultor bien avenido en lo económico (desconocemos el resto) de un poblado del sur de Madrid.

El general utilizó algunos de los campos de cultivo de la familia para construir viviendas para las familias menos pudientes que se asentaban en la zona, muchas de ellas huérfanas del exilio rural. Ordenó trazar las calles y les puso nombre, muchas de ellas bautizadas con el nombre de sus familiares. Nacía el distrito de Usera.

Hoy, un siglo después, Usera es tan Madrid como lo es cualquier otro barrio. Cabría discutir si más, si menos. Cabría discutir si la esencia madrileña reside en sus calles o si en realidad no existe tal cosa. Cabría discutir si Usera, eso que llaman el ‘Chinatown madrileño’, y que el pasado fin de semana se abarrotó con la celebración del desfile del Año Nuevo Chino, no es sino lo que el multiculturalismo quiere que sea: una atracción temporal para padres modernos que prefieren vivir en Tribunal sin renunciar a su ración de cosmopolitismo.

El multiculturalismo es un arma de doble filo que carga a cuestas con su enemigo. Cuando Madrid acude en masa a celebrar el Año Nuevo Chino y convierte el humilde barrio de Usera en un festival de progresía patrocinado por Quechua, con papás y mamás modernas que llevan a sus hijos a escuelas Montessori y les enseñan las bondades de aquello que llaman otras culturas, se está reproduciendo el mismo discurso esencialista que levanta fronteras entre una y otra realidad cultural. Lo que el señor Huntington clasificó puerilmente en civilizaciones vaticinando un choque que solo llegó para quien lo buscaba.

Festividades como estas edifican los mismos muros interculturales que los discursos xenófobos del Occidente radical. Porque el discurso del “que se queden en su país porque son diferentes a nosotros y la integración es inviable” no es tan distinto del promotor de la llamada diversidad cultural. Difieren obviamente en una voluntad política, pero parten del mismo punto: de entender las categorías como cajones de sastre diferenciados, ordenados, dentro de los cuales cada sujeto actuará o debería actuar como se espera que actúe.

Huntington afirmó que para pensar “seriamente sobre el mundo, y actuar eficazmente en él, necesitamos un mapa simplificado de la realidad”. Esto le llevó a afirmar alguna que otra idiotez que alimentó las calderas de algún que otro idiota al mando de algún que otro Estado. Y sin embargo tenía razón en algo: para pensar la realidad recurrimos al esquema, a la simplificación. Otra cuestión es si queremos vivir en un mundo simplificado, de conceptos masticaditos, donde la tarea más compleja sea programar la lavadora. O si por el contratio aceptamos el reto de pensar una realidad compleja que no se resume en tres tópicos. 

Y no malinterpreten, ni interpreten a medias. No se trata aquí de criticar la intención de quienes promueven la celebración del Año Nuevo Chino en Madrid. Tampoco de criticar la fiesta en sí misma, ni quienes la hacen posible desde dentro, ni quienes, como yo, acuden como espectador. Lo que se pretende aquí es repensar la idea de cultura, poniéndola en cuestión y planteando la posibilidad de que la idea de lo español, lo ruso o lo americano no constituye la unidad indisoluble y aislada que siempre se pensó, y cómo este tipo de iniciativas, sin el incentivo de un pensamiento crítico, pueden ser tan tóxicas como las de aquellos quienes no se consideran “racistas sino realistas”.

Sirva para ilustrar esto lo que Martín Caparrós escribía para Jot Down:

“Ahora los chinos empiezan a viajar, a conocer su mundo —tantos millones—. Muchos van a Europa, dicen Europa como los argentinos, como si existiera. Para ellos Europa es una marca única y famosa y sus expertos en turismo —cuenta Evan Osnos en The New Yorker— aconsejan a los agentes que no la desperdicien hablando de marcas subsidiarias como Francia, España, Italia. Van y ven, poco y corriendo: constatan que son países desordenados que viven embarrados en un pasado ni siquiera tan guau y se preguntan satisfechos cómo va a progresar la economía de un lugar donde la gente tarda tanto en hacerse el desayuno y donde, además, salen a la calle a pedirle cosas al Gobierno y hacen huelgas”.

 

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