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Una imagen, mil palabras: El teatro vacío

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Una imagen, mil palabras: El teatro vacío

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Ser, no estar

Pensaron que era una persona,

pero no;

Creían que era solo una zona,

y tampoco;

un espacio de creación,

tal vez;

donde exponer lo clásico y la innovación,

puede ser.

Una amante del arte,

si te ve, y la ves,

la será fácil enamorarte.

Sus cabellos y sus cortinas,

sus ojos y sus bambalinas;

unos de color carmesí

y los otros, color carmín.

No es alguien en un espacio,

si no el espacio en alguien.

Esa persona que ves,

en realidad son tres:

Público, actor…

Y en más de un caso, proyector.

Se disipa la luz dorada,

se produce el fenómeno

de la dermis erizada.

Ya no importa una butaca de madera,

o el hueso y la piel de la posadera.

Porque se apagó la luz

y se produjo la fusión,

entre el ser y la función.

– Eduardo Jiménez González, lector de Madrid Secreto.

Expectante sobre un mar de butacas

Esperaba que pasara algo. Lo que fuera pero algo. Algo que cambiara lo que estaba viendo, lo
que estaba ocurriendo. Que las luces se apagaran, que empezara el espectáculo. Que se
levantara el telón y la música comenzara. Se veía al otro lado, esperando ese momento para
salir a escena y empezar, pero empezar ¿qué?

Las palabras no salían de su cabeza, no podía recordar nada. Solo alguna frase le venía a la
mente, monótona y sin sentido. No sabía dónde la había escuchado antes. Su boca callaba y su
mente quería gritar. Se preguntó dónde estaba y qué estaba pasando, ¿por qué no ocurría
nada?, ¿por qué nada se movía?, ¿a qué estaban esperando? La luz no se apagaba, el telón no
se movía.

Y de repente lo entendió. El público, ¿dónde estaba el público? No había nadie allí, estaba sola,
de pie, estática como una estatua, tratando de abarcar lo inabarcable. Sola con sus palabras,
con su mente, que no podía procesar qué estaba ocurriendo. Las luces, el color rojo brillante
de las butacas, el telón de fondo, como elementos inconexos que presagiaban algo, pero
¿qué?

Ella estaba de espaldas y se giró. El público esperaba, estaba viendo sus caras, inmóviles e
inexpresivas. Se giró y el teatro estaba vacío, como expectante para ver lo que hacía. Si iba a
ser su mejor actuación o si sería capaz siquiera de abrir la boca, de moverse, de actuar.

Se giró y en su camiseta se leía: Dream. Soñar. Un sueño, ¿eso había sido un sueño?, ¿o era
real y la estaban esperando? O peor incluso, ¿había llegado tarde? De nuevo pensó que no se
movía nada, ¿por qué todo a su alrededor estaba inmóvil? ¿Por qué no pasaba nada? Sola, de
espaldas, inmóvil siguió esperando. Quizás esperando un sueño.

– María Eugenia Cabrerizo, lectora de Madrid Secreto.

La cultura que todo lo cura

El teatro estaba vacío, igual que todas las calles de Madrid. Mi papel había quedado claro,
pues El Comandante había sido conciso en sus indicaciones:

—Por cada obra que representes en estas tablas, por cada concierto que toques y La
Cúpula considere que merece la pena ser visto y escuchado, mandará nuevos habitantes a
Madrid. Si no, vivirás en soledad para siempre —sentenció.

Y así me encomendé a mi misión: la de repoblar Madrid a través de la cultura de calidad,
del arte de la palabra y el teatro, de la música en directo. Tenía por delante horas y días de
inmensa soledad creando piezas como nunca antes, solos el papel y yo, enfundada en una
capa que, a diferencia de otros héroes en otras épocas, en mi caso no era más que una
manta que me resguardaba del frío en el oscuro piso en el que habitaba desde que
secuestraron al resto de madrileños, dejándome sola ante la decisiva tarea.

—Invertiré el tiempo que haga falta en fabricar las armas necesarias para traer la vida de
nuevo a los escenarios y las calles de Madrid —dije convencida en voz alta. Y me puse a
trabajar en la cultura que todo lo cura.

– Cristina Hontanilla, lectora de Madrid Secreto.

📸 La foto seleccionada ha sido extraída del libro Retrato de Madrid, de Javier Aranburu, ya a la venta en librerías.

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